lunes, 11 de marzo de 2013

On air: Jóvenes pobres, pobres jóvenes

La razón de ser de la columna de esta semana está explicada en la propia columna. El martes cuando llegaba al trabajo en la sede de APDHA en San Fernando pasé por delante de un chico joven que pedía limosna. Era un chico delgado, sano, con gafas y con ´la juventud en el rostro. Me llamó la atención porque estaba fuera de sitio. No era el limosnero al que, entre una cosa y otra, nos hemos acostumbrado. Por eso su cartel se me quedó grabado y me provocó esta columna.


Una de las múltiples rarezas que me contemplan es la de detenerme a leer los carteles de quienes piden limosna en la calle. Cada vez es más difícil porque cada vez son más. El recorrido de cualquiera de las calles importantes de nuestras ciudades es un paseo por las imágenes de historias de derrota, pobreza y desesperanza que acaban en un pequeño receptáculo para recoger la caridad de los viandantes.
Lo malo de esta manía, costumbre o como quieran llamarla es que algunos de esos carteles se quedan grabados en mi mente y no logro desprenderme de ellos. Es por eso que llevo desde el martes rumiando la tristeza de un hombre joven que, sentado en la calle Real de San Fernando, justo enfrente del colegio de la Compañía de María, pedía caridad a quienes pasábamos por allí. Su grito mudo escrito con bolígrafo sobre cartón decía algo así como “Tengo 21 años, soy electricista. También acepto trabajo”. Lo tengo clavado en el alma desde el martes porque no logro olvidar la juventud que asomaba en su cara y la derrota que denotaban sus palabras.
Pero no era su derrota. Era nuestra derrota. De por sí es difícilmente explicable que alguien con tanta vida por delante no esté en las aulas, sean las universitarias o las de algún instituto de formación profesional, continuando con su preparación para ese día del futuro en el que, esperemos, que las cosas sean mejores. Que un joven de 21 años, con ganas de trabajar, sano, fuerte y con un oficio esté en la calle pidiendo limosna, en monedas o en trabajo) es la constatación de que vivimos un profundo fracaso como país, como sociedad.
Pedir ayuda, en forma de limosna o trabajo con un cartel en la calle y no a través de los servicios sociales, de las agencias de colocación, de las instancias pertinentes es un ejemplo extremo del lugar al que nos ha llevado esta crisis. De la pobreza que sumerge a nuestros jóvenes. Historias como la de este chico, trazada con bolígrafo en dos líneas en la calle, o las que se contaban el otro día en Salvados sobre la emigración española en el Norte de Europa son la dura radiografía de una juventud sin futuro. Y cuando la juventud de un país no tiene futuro es el país el que no tiene futuro.
En esta misma semana hemos sabido que el paro registrado superó los cinco millones de personas lo que quiere decir que el paro real está en una cifra mucho más alta. El trabajo siempre ha sido el principal factor para evitar la exclusión social y ahora mismo ese factor está más débil que nunca. Sólo queda el colchón familiar para que la historia de este joven en San Fernando siga siendo una excepción y no se convierta en la generalidad.

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