viernes, 21 de enero de 2011

Por la libertad de expresión. No a la violencia.

Esta mañana un ex de Delphi ha golpeado a Fernando Santiago.

La cuestión ahora no es si los ex de Delphi llevan razón, si Fernando ha afilado demasiado su lápiz contra los extrabajadores, si hay un complot mediático contra los beneficios adquiridos por los que trabajaban para la multinacional americana...

Lo importante es defender la libertad de expresión y condenar la violencia física. Por mucha razón que se quiera llevar, utilizar los puños para imponerla sólo lleva a dejar de tenerla. Si alguien se sintió ofendido, ahí están los tribunales, pero

Mi solidaridad con Fernando Santiago al que no hace falta que le diga que no lo lograrán callar. Sólo le mando una frase: "No estoy de acuerdo con sus ideas, pero lucharé por su derecho para poder seguir expresándolas".

Si alguien quiere expresar su apoyo, aquí tiene el enlace del blog de Fernando Santiago.

On air: La política de estos políticos

Hay semanas en las que, cuando me siento a escribir, me invade un inmenso fatalismo. Trato de sacudírmelo, trato de tirar de optimismo, de sacar a flote aquellos principios en los que creo firmemente, pero veo la realidad y el pesimismo vuelve a ganar la batalla. Esta semana ha sido una de esas y es que ha sido una semana en la que la clase política ha hecho méritos para ganarse su descrédito.

González y Aznar acordando de qué eléctrica va a cobrar cada uno.
Foto: eldescodificador.com
Conozco a bastantes personas que le sacan horas a su tiempo libre para trabajar en la construcción de una sociedad mejor desde el ámbito de un partido político. Buena gente que busca un futuro mejor para todos y no sólo para ellos y sus familiares. Por eso, me parece demagógico cuando se dice aquello de que todos los políticos son iguales.
Quienes dedican su vida a la cosa pública son esenciales para el funcionamiento de nuestro sistema y creo en la dignificación de la figura del político como servidor público. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, ni los propios políticos se creen su propia dignidad.
Veinticinco años después de la muerte de Tierno Galván, un ejemplo de político y persona, el panorama se nos llena de momentos para el descreimiento. En nuestro entorno más cercano el espectáculo mensual de un pleno municipal en el que los insultos vuelan se convierte ahora, antes de las elecciones, en la apropiación partidista de cualquier obra, presente, pasada o futura. Y eso a la espera de que vuelvan a circular los billetes de la ignominia como hace cuatro años. Las listas electorales se diseñan desde las cúpulas de los partidos, recurriendo a la democracia digital, denominada en Cádiz, dedocracia. Se ningunean incluso, los propios estatutos para esquivar la voz de la militancia.
Si salimos de Cádiz la cosa no mejora. El cadáver político de Pedro Pacheco vuelve a la carrera electoral después de haber esquilmado los fondos municipales, haber destrozado el andalucismo y, lo que es peor, haber enfrentado para siempre a dos ciudades que debieran ser hermanas. Los cargos públicos cambian de sillón sin que para desempeñar su nuevo cargo tengan que justificar más méritos que el carné de su partido. La Justicia condena en la misma semana a dos representantes públicos y sus partidos se esfuerzan por taparles las vergüenzas y buscarles acomodo. 
Y como colofón dos ex presidentes del Gobierno, cada uno de un lado de la acera, aceptan cargos de presión remunerados de forma millonaria mientras que mantienen la asignación estatal. Los dos igual de culpables, aunque pueda caernos mejor uno que otro. Mientras, su fiel infanteria cierra filas, porque González y Aznar son dos símbolos para sus partidos y porque, si la infantería aguanta más de doce años en las Cortes mantendrán el cien por cien de su pensión. Al tiempo que votan para exigirles a los ciudadanos trabajar hasta los 67 años para poder cobrar la suya. 
Me niego a despotricar contra los políticos porque si ser político está mal visto por la sociedad, sólo querrán dedicarse a estos menesteres aquellas personas incapaces de hacer otra cosa mejor. Aunque puede ser que eso sea lo que quieran muchos de nuestros actuales dirigentes.

jueves, 13 de enero de 2011

On air: Humos y quejas

La columna de esta semana es sobre el tema de moda en España desde primeros de año: la ley antitabaco. Ya sé que a mi amiga Selva Otero no le gustará mi opinión, pero entre los fumadores hay de todo. Tampoco le gustará al presidente de Horeca, pero ese me da igual, porque él es de los de quejarse por todo... menos por la Alcaldesa.

Hay gremios que son habituales de las quejas. El ejemplo más claro es el de los agricultores que nunca están contentos, sea por el tiempo si no llueve porque hay sequía, si se pone a llover porque se arruinan las cosechas, sea por la producción, si se produce poco no se gana, si se produce mucho caen los precios y tampoco se gana.
La versión urbana de los agricultores son los hosteleros. Nunca están conformes, nunca están satisfechos. Vaya por delante que hay muchos hosteleros que merecen mi respeto. Son pequeños empresarios que están haciendo una apuesta por Cádiz y su entorno con una oferta original y atractiva. O sin oferta original y atractiva pero con honradez y respeto. Sin embargo, también conozco otros que no pagan ni la Seguridad Social de sus trabajadores, empresarios que obligan a hacer horas extras sin cobrarlas, o quienes cuelan garrafón haciéndolo pasar por primeras marcas. Por eso cuando los oigo quejarse, así en conjunto, como gremio, me convencen más bien poco.
La última causa de las quejas de los hosteleros ha sido la prohibición de fumar en sus locales. A mi, sin embargo, me parece una excelente medida. Yo nunca he fumado y en mi entorno familiar más próximo no hay ningún fumador. Dicho esto no soy de los que hago causa del antitabaquismo, que cada uno se mate con lo que quiera pero, por favor, que no me metan a mi en su proceso letal.

Hay pocas cosas más incómodas que cruzar los bajos del Puerta del Mar con la humareda que se formaba, o entrar en un bar atestado y salir impregnado de tabaco, o que la persona de la fila de delante en el estadio consuma sus noventa minutos fumando un puro. Con la nueva ley, las dos primeras deben desaparecer y para la tercera habrá que esperar algún tiempo.
Los fumadores y los hosteleros hablan de libertad, pero en un país en el que la gran mayoría no fuma parece una decisión acertada liberar los espacios comunes de la dictadura del humo. La libertad de los que no fumamos para poder respirar aire puro, empezando por los propios trabajadores de los bares.
Lo curioso es que los principales culpables de la medida han sido los propios hosteleros porque cuando pudieron escoger entre locales de fumadores y locales sin humo todos se lanzaron por la primera opción para asegurar ingresos y después ha llegado la imposición. Personalmente, podré regresar a algunos locales que no pisaba por culpa del humo y, como yo, otros que conozco. Así que, menos quejarse y a cumplir la ley. La antitabaco y las laborales, las de seguridad social, las de salud e higiene. Pero eso es harina de otro costal.