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viernes, 13 de diciembre de 2013

On air: Seguratas o policías

Es curioso, después de escribir esta columna, estuve hablando con un alumno mío que es Policía Judicial y que me parece un hombre absolutamente sensato y cabal sobre estos temas, entre otras cosas. Es cierto que las generalizaciones no son buenas, pero las normas deben prevenir que aquellos que tienen el monopolio en el uso legítimo de la violencia se extralimiten y dar ese poder a los guardas de seguridad no contribuye precisamente a eso. Prefiero, sin duda, depender de funcionarios que se esfuerzan por terminar una titulación universitaria y mejorar su formación, aún con los reparos que pueda tener en algunos casos, que de trabajadores explotados, mal pagados y peor formados.

Debo reconocer que no me siento cómodo cuando se me acerca un policía. No creo que sea por aquello que nos decían cuando niños y nos portábamos mal en la calle de que iba a venir el guardia. Tampoco es que yo sea una persona especialmente conflictiva en mi día a día. Alguna multa de tráfico y poco más. Creo se debe a ciertas experiencias profesionales posteriores en las que he visto un ejercicio abusivo de su cargo y cierta sensación de impunidad. 
La sensación de impunidad es una de las cosas que más daño hacen a la sociedad. En los policías que abusan, en los políticos que incumplen la ley de incompatibilidades o en los corruptos que se llenan los bolsillos y después salen corriendo a pedir el indulto. Con este punto de partida, quizá deba matizar que conozco también a muchos agentes policiales eficaces, competentes y serviciales. Sin embargo, no entiendo como esos agentes honrados y cumplidores de la ley son después tan endogámicos para proteger a los que se escudan en la placa y el uniforme en la comisión de sus abusos. 
Mi incomodidad varía según el agente que se dirija a mí. Prefiero a los Guardia Civiles, tan denostados ellos, pero que en mi experiencia práctica no se ensucian las manos con minucias. Cumplen la ley y la hacen cumplir. Y si fuera catalán temería como nada a los Mossos de Esquadra, la policía autonómica que acumula tras de sí un auténtico reguero de víctimas, investigaciones y condenas. 
Con todo, lo que tengo claro es que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado han de tener el monopolio del legítimo ejercicio de la violencia y cualquier cosa que vaya privatización del mismo es un paso atrás de proporciones desmesuradas. La Ley de Seguridad Privada con las nuevas atribuciones a los guardas de seguridad me aterra. Como con los policías, conozco de todo entre del gremio, pero si funcionarios públicos que desarrollan un proceso de formación continua, seleccionados con exhaustivos sistemas y que reciben un sueldo acorde pueden llegar a extralimitarse, no quiero ni imaginarme lo que podrá suceder con trabajadores peor pagados, sometidos a procesos de selección menos rigurosos y cuyos empleadores no asumen tantos esfuerzos formativos. 
Después del desmantelamiento del Estado del Bienestar parece que nos toca asistir a la demolición del Estado de Derecho. Tras las tasas judiciales viene la Ley de Seguridad Privada y en camino la Ley Mordaza de Seguridad Ciudadana. El gobierno quiere garantizarse impunidad y eso es lo más peligroso que hay para una sociedad.

jueves, 13 de septiembre de 2012

On air: Catalonia is not Iceland

Alguno de mis oyentes habituales me ha dicho que le gusto más cuando hablo de Cádiz y no me ando por las ramas ni me meto en berenjenales lejanos. Puede ser. Pero es que a mi me gusta hablar de lo que se me apetece y, en este caso, me apetecía dar mi opinión sobre la manifestación de la Diada en Barcelona. No soy yo de los que me alarmo porque alguien no quiera ser español. Más bien al contrario. Yo mismo, si pudiera, elegiría otra nacionalidad. Ahora bien, siempre con la defensa del derecho de autodeterminación y mi respeto a mis amigos catalanes, creo que tienen que tener cuidado.


A estas alturas de la película simpatizo con los que quieren abandonar España. Sólo hay que pasear por la calle, hablar con los jóvenes que llenan nuestras universidades o con los que no pueden ni estudiar ni trabajar para comprender que la esperanza de un futuro mejor pasa por dejar atrás la piel de toro y buscar nuevas oportunidades. Muchos de esos cinco millones de parados quisieran ser suecos, canadienses o austriacos para estar al otro lado de la cuerda, para ver la vida de otro color.

Se trata del dinero, por supuesto, de las cifras de paro, del nivel salarial, de las relaciones laborales. Y de los recortes, evidentemente. De que cuesta más caro el material escolar por si los compra un arquitecto, de que se reduce la atención sanitaria, de que hay que pagar más por los medicamentos, de que cada vez hay menos profesores y más alumnos,…
Pero creo que hay algo más. Creo que la atmósfera en España se está haciendo irrespirable. El comienzo de la crisis quedó marcado por la cortedad de miras de los que gobernaban y la dureza de una oposición implacable. Después cambiaron las tornas y los implacables no saben qué hacer y, por supuesto, de la oposición nada podemos esperar.
La sensación es que nadie sabe dónde vamos. Vivimos en un Estado en el que el presidente del Gobierno sólo dice la verdad en finlandés. Un país que no se gobierna a sí mismo sino que sobrevive cumpliendo condiciones que le vienen impuestas por dirigentes que no escogió. Un país sometido a la dictadura de los mercados y que se planta ante el precipicio de convertirse en Grecia o en la siempre pobre y denostada Portugal.

Si eso que han venido a llamar transición nacional desemboca en una auténtica revolución social serán afortunados. Ahora bien, si lo único que quieren es que en lugar de rescatarlos Madrid los rescate Bruselas, si se trata sólo de cambiar la bandera bajo la que estar sometidos me parece un movimiento estéril. Porque, sinceramente, entre el liderazgo de Rajoy y el de Mas, entre la corrupción de Urdangarín y la de Félix Millet, entre los recortes de Ana Mato y los de Boi Ruiz, entre la demagogia de Durán i Lleida y la de Esperanza Aguirre, no me quedo con ninguno.
Entre los que quieren irse está ese más de millón de catalanes que salieron a la calle porque están hartos de esta España. Los comprendo. De hecho, somos muchos los que estamos hartos. Catalanes que quieren ser Islandia o Suiza. Pero es muy posible que no lo consigan. No porque no lo merezcan o no sean capaces sino porque allí, como aquí, lo que está pendiente no es una declaración de independencia sino un cambio en el reparto del poder de decisión, una redefinición de la democracia.

jueves, 6 de septiembre de 2012

On air: Merkel, las mujeres españolas se masturban


Ayer se supo que una concejal del Ayuntamiento de Los Yébenes (Toledo) iba a presentar su dimisión por haberse difundido un vídeo en el que se masturbaba. Que alguien dimita por eso mientras que tantos y tantos mangantes, corruptos, prevaricadores y malversadores siguen en su puesto resulta difícil de explicar. Yo he intentado explicárselo a Ángela Merkel, que está aquí para revisar sus tierras y cuánto le va a sacar a la inversión que ha hecho..










Hoy viene la dueña del cortijo a visitarnos. La señora Angela Merkel, la que presta el dinero alemán para que paguemos nuestros intereses a su banca mientras que las empresas alemanas compran a precio de saldo lo mejor del tejido productivo español.
Ahora que está aquí habría que explicarle a la señora Merkel que España es un país raro. No me refiero a eso de que seamos un Estado con 17 ordenamientos jurídicos. Eso que a algunos criados en la unidad de España les resulta extraño, para la canciller alemana, con sus Länder le debe parecer lo más normal del mundo.
Tampoco habrá que explicarle nuestros despilfarros que ella seguro que ya conoce los aeropuertos sin aviones y las estaciones de AVE sin pasajeros. No creo siquiera que pregunte por qué mientras que recortamos en todo, pagamos una exhibición de aviones de guerra que juegan a las batallitas en nuestras playas.
Lo que quizá sí haya que aclararle a Merkel, tan recta, tan alemana ella, es nuestro curioso concepto de moral. Habría que precisarle que en Madrid, la presidenta de la Comunidad que más financia los movimientos religiosos ultracatólicos y raja de las subvenciones, cambia de discurso y ofrece mamandurrias a un oscuro inversor americano que pretende crear en su territorio una ciudad de ruletas, tragaperras y otros vicios.
Y si pregunta por nuestro concepto de responsabilidad política, entonces si se puede volver loca. Ella que viene de un país donde el ministro de Defensa dimitió por copiar su tesis doctoral y el Presidente de la República por sospechas de cohecho, mejor que no pregunte sobre políticos españoles dimitidos. La única respuesta que encontrará es que se plantea dimitir una concejala de un pequeño pueblo de Toledo porque se ha difundido un video suyo masturbándose. Ni los casos de corrupción, ni los bancos quebrados, ni la malversación de fondos públicos, ni los escándalos en la monarquía,… 
No sé si será la herencia de nuestros 40 años de nacionalcatolicismo o la influencia de la pacata sociedad norteamericana. La presión muda, discreta de un pueblo pequeño en la España profunda ha bastado para que una concejal sienta que lo mejor para ella y su familia es dejar el cargo. Lo que debería saber la concejal es que, conociendo este país, aún seguirán burlándose de ella, cuchichearán a sus espaldas. La liberación sexual de la mujer está aún pendiente. Que se acuerde de la que le cayó a Nevenka por no callar mientras que su acosador está ya de regreso en el Ayuntamiento de Ponferrada. Tenemos tanto camino para llegar a ser Alemania. Pero no sólo en lo económico que, a lo mejor, es más consecuencia que causa.

jueves, 17 de marzo de 2011

On air: La corrupción en una sociedad corrupta

Imagen tomada de estafador.com
En Andalucía acabamos de descubrir la corrupción. De repente, el tema vuelve a la palestra, casi como en los tiempos de Juan Guerra. Es cierto que la Junta de Andalucía ha reaccionado rápido, pero la sensación de que todo está demasiado emponzoñado, sensación que en muchos casos se sabe certeza, vicia el ambiente. Sin embargo, estas cosas no suceden de la nada. En España, en Andalucía y, especialmente, en Cádiz, la corrupción política es hija de la corrupción social.

Una de las cosas que más repugnancia me produce es la corrupción política. El último ejemplo el del recién descubierto de los EREs falsos que salpica, por no decir que embadurna, al PSOE de Andalucía.
Es uno de esos casos que ha superado la disputa partidista y ha alcanzado a la opinión pública para la supuesta vergüenza de la mayoría. Porque tenemos una clase política con muchos casos de corrupción, más de los tolerables en una sociedad honesta. La duda que se nos plantea es si la española y, especialmente, la andaluza, es una sociedad honesta.
Si no conociéramos a muchos trabajadores que no están de alta en la Seguridad Social o que son contratados por dos horas y trabajan ocho. Si no viéramos normal que un fontanero no nos dé la factura. Si nos pareciera mal falsear un curriculum, colarse en el fútbol o en el cine, Si no compartiéramos la calle con aquellos que se dieron de baja alegando una sordera que nadie es capaz de encontrar, probablemente la corrupción nos alarmaría muchísimo más.
Para que haya, al menos, 70 casos de individuos con falsas prejubilaciones no sólo hace falta un político corrupto, sino también un clima social que favorezca y, en muchos casos, aplauda a aquellos que se aprovechan así de las normas. La concepción de que lo público no es de nadie, está demasiado extendida en nuestra sociedad.
Eso por no hablar de los 800 casos en los que la Guardia Civil ha encontrado irregularidades con respecto a las subvenciones de la Unión Europea. 800 empresas sólo en la provincia de Cádiz, un tercio de las que solicitaron las ayudas. Si lo público no es de nadie, con los fondos de la Unión Europea aquí hemos hecho auténticas barrabasadas. Los políticos y los que no son políticos.
La corrupción política debería ser despreciada absolutamente. Los corruptos tendrían que parecernos apestados sociales. Pero nuestra sociedad tolera muy bien estas prácticas porque vivimos en un país de pícaros. En otros lugares un cargo público que es descubierto metiendo la mano en la caja no se le ocurre volver a presentarse. Aquí ha habido, hay y habrá alcaldes prevaricadores que repiten victoria electoral. Presidentes de Diputación que se eternizan en el cargo a pesar de habérselo llevado calentito y presidentes de Comunidades Autónomas imputados que piensan renovar en su cargo. Todos ellos votados por el pueblo. Porque todos decimos que nos indigna la corrupción, pero a la hora de votar, parece que lo olvidamos y así nos va.

jueves, 24 de febrero de 2011

On air: Cáncer

Esperanza Aguirre en una imagen de blog.securibath.com

Estos días estoy viendo, aunque no en primera fila, los efectos que a la moral de una persona le ocasiona la detección de un cáncer. Por eso, cuando oí a Esperanza Aguirre, cuando vi su determinación y su optimismo pensé en que sería un buen ejemplo para todos los enfermos de cáncer, porque cáncer ya no es sinónimo de muerte.

A fe de ser sincero, una de las personas que más antipatía me despierta es la Presidenta de la Comunidad de Madrid. En lo ideológico me encuentro en las antípodas de su neoliberalismo económico y su conservadurismo moral. En lo personal, la señora Aguirre no es santo de mi devoción por ese estilo altanero y despótico que alcanza, incluso, a los compañeros de partido. Durante su etapa en el Ministerio de Cultura cultivó una imagen de estupidez que después se reveló sólo una pose. Llegó al poder de una forma bastante opaca gracias al Tamayazo y ha fortalecido a ciertos grupos de comunicación de ultraderecha. De hecho, algunos la consideran la lideresa del Tea Party español y candidata a ser la primera mujer en presidir el Gobierno de España. 
Hace un mes me habría llevado las manos a la cabeza ante la posibilidad de que Espe compita por el sillón de La Moncloa, entre otras cosas, porque me gustaría que la primera mujer en tener esa posibilidad fuera una señora capaz, hecha a sí misma, valiente y luchadora y no una condesa consorte. Sin embargo, a día de hoy me gustaría tener la certeza de que la veré algún día encabezando las listas electorales del PP porque eso significará que le ha ganado la batalla al cáncer.  
El cáncer. Sólo la palabra da escalofríos porque durante muchos años ha sido sinónimo de muerte. El calvario que pasan los enfermos cuando oyen esas seis letras de boca de su médico sólo ellos lo saben. Después vienen otros calvarios: operaciones, tratamientos abrasivos, y algo tan sencillo cómo ver el pelo que se queda en el cepillo y sufrir creyendo que el mañana no llegará, con la de cosas que nos quedan a todos que hacer sobre la tierra, la de charlas que compartir, la de sonrisas que regalar. El día del diagnóstico parece el día del punto y final. 
Sin embargo, se cuentan por centenares los ejemplos de que eso no es así. Todos conocemos a supervivientes del cáncer. En la otra lista, en la de los que encontraron el camino al cementerio por esa vía también tenemos todos algunos jirones de nuestra piel, pero la sociedad avanza y los tratamientos y la detección precoz, contribuyen a que la lista de los supervivientes sea cada vez más nutrida. Por eso me parece un gesto loable que Esperanza Aguirre haya hablado muy clarito sobre su enfermedad, que haya mandado un mensaje a la sociedad de normalización del cáncer. Si los políticos son, en demasiadas cosas, un pésimo ejemplo, al enfrentarse a una situación de este tipo pueden servir de espejo para miles de enfermos.  
Ojalá un día la medicina le haya ganado la guerra a la enfermedad. De momento, sirvan estas palabras para enviar fuerzas a todos esos que, día a día, libran la batalla personal por su vida frente al cáncer. Incluida Esperanza Aguirre. 

jueves, 27 de enero de 2011

On air: Guten Morgen Daniel.

Pues resulta que la gran solución al paro en España, especialmente, al paro juvenil va a venir de la emigración. Los jóvenes ingenieros que no encuentran trabajo en nuestro territorio tienen una posibilidad abierta en Alemania. Nada nuevo para los gaditanos, pero siempre una desgracia. Son 36.000 jóvenes, con sus padres, sus madres y los hijos que no nacerán en España sino en territorio alemán. Por eso la columna de hoy es un lamento.


Ya no será Alfredo Landa quien nos represente porque hemos dejado de ser bajitos y morenos a los ojos del mundo. Ahora la película la protagonizará alguno de esos actores o actrices de teleserie bien parecidos que llenan nuestras pantallas. No será sacristán en su pueblo, sino licenciado o ingeniero en una universidad pública. Cuarenta años después, el que se va a Alemania no es Pepe, sino que son Mario y Daniel. O Sara y Lucía.

Si se confirman los rumores, en la próxima cumbre hispano-germana Angela Merkel propondrá a Zapatero un plan para reclutar a más de 30.000 profesionales españoles, jóvenes y preparados, de los que no encuentran trabajo en nuestro territorio y engrosan esa cifra de cuatro millones de parados, que cuando se hace referencia al paro juvenil resulta aún más sangrante.
En su momento, la emigración española a Alemania fue una auténtica tabla salvavidas para la economía franquista y, ahora, sin la posibilidad de recibir divisas que equilibren la balanza comercial, estos 40.000 jóvenes aliviarán, al menos, las listas del INEM llenas de jóvenes licenciados que buscan su primer empleo, más allá de becas, contratos de prácticas y trabajos de fin de semana en restaurantes de comida rápida. 

La propuesta es un parche pero, en nuestro caso, es también la historia de un fracaso. Y no vale con culpar a Zapatero de todo como se ha puesto de moda en los últimos tiempos. El fracaso que representan estos jóvenes que tendrán que emigrar es más profundo. Es el fracaso de un modelo económico que no da salida a personas preparadas durante muchos años. Un modelo que se centra en la especulación, el ladrillo y el servicio al turista, ignorando la productividad, la industria, la innovación. El fracaso de unos empresarios que utilizan la normativa laboral para despedir a los más viejos y poder precarizar a los más jóvenes. Un fracaso generalizado que nos ha llevado a invertir miles de millones de dinero público en la formación de estos jóvenes para que, finalmente, se aproveche de ellos la economía alemana porque en este país no hay más propuestas para ellos que el uniforme del McDonald’s o una beca de 500 euros por ocho horas diarias. Jóvenes en edad de luchar, de impulsar un país, de formar una familia y que no lo harán aquí sino muy lejos.

Cuarenta años después el mundo ha cambiado mucho. El desarrollo de los medios de comunicación y de transporte hará más llevadera la migración de estos jóvenes españoles. Aunque si quieren podrían recibir unos cursillos previos de cómo sobrellevar la lejanía de la tierra. Se los impartirían los gaditanos que llevan una década marchándose a Castellón. Y los padres que sobreviven aquí teniendo a sus hijos y sus nietos lejos.  

jueves, 13 de enero de 2011

On air: Humos y quejas

La columna de esta semana es sobre el tema de moda en España desde primeros de año: la ley antitabaco. Ya sé que a mi amiga Selva Otero no le gustará mi opinión, pero entre los fumadores hay de todo. Tampoco le gustará al presidente de Horeca, pero ese me da igual, porque él es de los de quejarse por todo... menos por la Alcaldesa.

Hay gremios que son habituales de las quejas. El ejemplo más claro es el de los agricultores que nunca están contentos, sea por el tiempo si no llueve porque hay sequía, si se pone a llover porque se arruinan las cosechas, sea por la producción, si se produce poco no se gana, si se produce mucho caen los precios y tampoco se gana.
La versión urbana de los agricultores son los hosteleros. Nunca están conformes, nunca están satisfechos. Vaya por delante que hay muchos hosteleros que merecen mi respeto. Son pequeños empresarios que están haciendo una apuesta por Cádiz y su entorno con una oferta original y atractiva. O sin oferta original y atractiva pero con honradez y respeto. Sin embargo, también conozco otros que no pagan ni la Seguridad Social de sus trabajadores, empresarios que obligan a hacer horas extras sin cobrarlas, o quienes cuelan garrafón haciéndolo pasar por primeras marcas. Por eso cuando los oigo quejarse, así en conjunto, como gremio, me convencen más bien poco.
La última causa de las quejas de los hosteleros ha sido la prohibición de fumar en sus locales. A mi, sin embargo, me parece una excelente medida. Yo nunca he fumado y en mi entorno familiar más próximo no hay ningún fumador. Dicho esto no soy de los que hago causa del antitabaquismo, que cada uno se mate con lo que quiera pero, por favor, que no me metan a mi en su proceso letal.

Hay pocas cosas más incómodas que cruzar los bajos del Puerta del Mar con la humareda que se formaba, o entrar en un bar atestado y salir impregnado de tabaco, o que la persona de la fila de delante en el estadio consuma sus noventa minutos fumando un puro. Con la nueva ley, las dos primeras deben desaparecer y para la tercera habrá que esperar algún tiempo.
Los fumadores y los hosteleros hablan de libertad, pero en un país en el que la gran mayoría no fuma parece una decisión acertada liberar los espacios comunes de la dictadura del humo. La libertad de los que no fumamos para poder respirar aire puro, empezando por los propios trabajadores de los bares.
Lo curioso es que los principales culpables de la medida han sido los propios hosteleros porque cuando pudieron escoger entre locales de fumadores y locales sin humo todos se lanzaron por la primera opción para asegurar ingresos y después ha llegado la imposición. Personalmente, podré regresar a algunos locales que no pisaba por culpa del humo y, como yo, otros que conozco. Así que, menos quejarse y a cumplir la ley. La antitabaco y las laborales, las de seguridad social, las de salud e higiene. Pero eso es harina de otro costal.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo quería ser periodista

Yo quería ser periodista. De pequeño, recitaba jugadas imaginadas. Quería cantar los goles del Cádiz como Pedreño o contarlos como Paco Perea. Incluso quería que se me quebrase la voz al cantar el gol de Señor como José Ángel de la Casa o gritar din-don en los triples que anotaba Magic Jhonson en aquella NBA de viernes por la noche.

Después me hice un poco mayor y prefería otros campos. Quería ser Luis del Olmo, que amenizaba todas las mañanas de trabajo de mi padre y al que yo sólo podía escuchar el 7 de octubre y a finales de junio. Un 14 de diciembre me sentí engañado por el de Protagonistas y me decanté por llegar a tener la ironía de Carlos Herrera o entrevistar al señor Casamatjó, como hacía Javier Sardá. Curiosamente, en aquella época, Iñaki me parecía demasiado serio, demasiado triste,... Paradojas de la vida, después Gabilondo se convirtió en mi compañero de mañanas durante una decena de años.

En mi adolescencia me empecé a fijar en la prensa local. Me imaginaba haciendo preguntas incómodas como Jorge Bezares o Alberto Grimaldi, escribiendo columnas ácidas, de esas que no dejan indiferente a nadie, como Fernando Santiago o contando las historias más negras como hacía Óscar Lobato. Aunque a mi me tiraba más la radio y mi sueño era acompañar a Carlos Alarcón en esa radiografía gaditana que hacía cada mañana en el Hoy por Hoy Cádiz.

Sin embargo, no pude ser periodista. En mi casa la situación no permitía mandarme a Sevilla durante un período indefinido de años para hacer la carrera de periodismo y tuve que quedarme en Jerez a estudiar Derecho. Llegué de rebote y no me arrepiento. Porque he tenido suerte y en el mundo del Derecho hago las cosas que más me gustan: enseñar y defender a los más débiles.

Con el tiempo he conocido a muchos periodistas. Algunos, amigos de la infancia, terminaron la carrera. Con otros me he cruzado por el camino de la vida, por las más diversas razones, desde los que comparten ideales conmigo hasta los que me tratan siempre con educación. Llegué, incluso, durante cuatro meses, a dar clases a futuros periodistas. Pero lo que veo en sus rostros, en su día a día, me convence de que hice bien escogiendo otro camino distinto al periodismo.

Los periodistas de raza quedan sepultados ante el maremagnum que generan los gabinetes de prensa de las distintas entidades públicas, empeñados en producir la suficiente confusión para que el ciudadano no se entere de nada. Cuando se acude a una rueda de prensa, la mayoría de las veces, el político se niega a responder las preguntas y si las responde, son siempre evasivas o lugares comunes. Eso por no hablar de aquellas entrevistas concedidas en las que el político lo revisa todo con lupa y ante las que el periodista prefiere pasar de puntillas para no señalarse más, porque en esta ciudad las trincheras están muy bien definidas y las consecuencias de pasarse pueden llegar hasta el destierro.

Tampoco las altas esferas del periodismo andan mucho mejor. A honrosas excepciones como las de Angels Barceló, que arriesgó su tranquilidad de la butaca de su despacho por mojarse en un conflicto de los de verdad, se contraponen decenas de personajes que sólo hablan y dicen según la voz de su amo, a los que no es necesario leer para saber qué van a escribir, que despreciaron la ética periodística el día que descubrieron que sólo sobreviven los más pelotas, los más ruines.

Yo quise ser periodista, pero de los de investigación, de los de descubrir noticias y contarlas, de los de opinar según mi conciencia y mi visión del mundo. Pero el mundo del periodismo se ha convertido en otra cosa. En vender periódicos sin más pudor por la verdad o por la realidad que el de la mano que les da de comer que, en una ciudad como esta, es el flujo constante de publicidad que viene de San Juan de Dios.

viernes, 12 de noviembre de 2010

On air: heridas del pasado.

Foto tomada de arciprestazgodebande.blogspot.com
La columna de esta semana en el Hoy por Hoy Cádiz tocaba un tema que a mi me parece especialmente delicado: la relación Iglesia-Estado. Veinte siglos de relación entre crucifijo y espada, entre el poder político y el poder religioso, han viciado mucho las cosas. Especialmente en España y las declaraciones del papa Ratzinger el pasado fin de semana vienen a confirmarlo.

Desde mi condición de ferviente agnóstico, respeto profundamente a todos aquellos que practican una religión, sea la que sea. Incluida la católica. Mejor, dicho, principalmente la católica. Porque forma parte de la raíz de mi cultura personal y familiar y porque la doctrina que contó Jesucristo a sus discípulos y que después estos plasmaron en los Evangelios es, sin lugar a dudas, uno de los mensajes más revolucionarios e igualitarios que se hayan pronunciado en este mundo.
Hubo un tiempo, incluso, en el que me sentí parte de ese grupo y de ese mensaje. Pero ni siquiera en esa época entendía el papel que la Iglesia Católica pretendía jugar en el ámbito de lo público. Su intervención en la esfera política carece de legitimidad. Los obispos no son los representantes de los ciudadanos. Mantienen su pretensión de imponer una moral determinada y decidir lo que se puede y no se puede hacer, incluso sobre aquellos que no profesan su fe.
En España, a pesar de la aconfesionalidad declarada en la Constitución, esta voluntad de inmiscuirse en los asuntos públicos es especialmente relevante. El último ejemplo lo ha dado el alemán Ratzinger el pasado fin de semana. Su recuerdo a la España de los años 30 está absolutamente fuera de lugar. Es como si a él le recordarán su pasado con las juventudes hitlerianas. Son tiempos absolutamente diferentes.
Da la impresión de que la Iglesia no ha sabido o no ha querido asumir la pérdida de su papel predominante. No han logrado reubicarse en el nuevo entorno social en el que su palabra cada vez tiene menos seguidores e insisten en querer dictar las leyes sin presentarse a las elecciones, en confundirse con el Estado. Tampoco los políticos son capaces de superar este vínculo, de dejar de arrodillarse ante el jefe de una religión. 
El papel de la Iglesia en nuestra sociedad y en nuestra política es una de las rémoras más notables de los cuarenta años de régimen del nacionalcatolicismo. No es la única. Esta semana hemos visto otra en el Sáhara. Allí se han vuelto a destrozar los derechos de un pueblo. Ese pueblo saharaui que fue entregado a Marruecos por la dictadura moribunda y que hoy sigue padeciendo las consecuencias de aquella decisión y de la incapacidad de los gobiernos democráticos españoles de adoptar una posición que defienda a las personas que abandonó en su antigua colonia. Habrá quien diga que no hay que reabrir las heridas del pasado, pero es que muchas de ellas se reabren solas porque nunca fuimos capaces de curarlas.

jueves, 21 de octubre de 2010

On air: El nuevo Gobierno y la coherencia

Rosa Aguilar, antes de ser ministra.
Foto: otracordobaesposible.wordpress.com
En mi columna de esta semana no he sido nada original. Yo también he hablado de la reforma del Gobierno, como todos los comentaristas. En general, creo que el Gobierno que entra es mejor que el que sale. Sin embargo, algunas de las decisiones de Zapatero me parecen inadecuadas y, sobre todo, faltas de coherencia. Sobre todas, la de nombrar a Rosa Aguilar.

Parafraseando a aquellos cómicos, hoy toca hablar del gobierno. Pero yo no voy a comentar nada del reforzamiento de Rubalcaba. Ni de la recompensa a Trinidad Jiménez por haber perdido las primarias en Madrid. Ni siquiera de la merma que sufre el ejecutivo con la salida de Fernández de la Vega.
Yo quiero hablar de coherencia, algo tan en desuso en la vida política. Porque resulta sorprendente que el nuevo ministro de Trabajo, que tendrá que encargarse de desarrollar la reforma laboral estuviera el día de la huelga en las manifestaciones sindicales contra dicha reforma. Dicen los que saben que fue uno de los asesores del símbolo de la derechización del gobierno. Es extraño que alguien asesore una medida y, a la vez, se manifieste contra ella, a no ser que su asesoramiento fuera despreciado por quienes tomaban las decisiones. Habrá que ver su labor como ministro para ver si mantiene la coherencia entre lo que dice en las manifestaciones y lo que hace como político. De momento, puede gozar del beneficio de la duda.
La que no tiene tal beneficio de la duda es la nueva ministra, Rosa Aguilar. Me parece increíble que alguien que se presentó con unas siglas determinadas en el 2008, que embaucó a sus electores haciéndoles creer que su proyecto personal para los siguientes cuatro años era ser alcaldesa de Córdoba, acabe sentada, en menos de dos años, en el Consejo de Ministros con otro partido político. Si la maniobra de cambiar de caballo en plena carrera para irse con Griñán a Sevilla resultaba indecente, su paso a Madrid es el perfecto ejemplo de lo peor de la política española. El mercadeo de puestos y sillones que no respeta a los electores ni a las ideas. Rosa Aguilar se ha convertido, por méritos propios en la mayor de las tránsfugas políticas de la política reciente española.
De todas formas, resulta difícil exigir coherencia en un gobierno en el que el mismo presidente adolece de ella. Sus grandes apuestas eran las políticas sociales y, cuando llegan mal dadas, le da el gusto a la derecha de cargarse el ministerio de Igualdad. Ahorro cero, porque todos los funcionarios, aún con rango degradado, mantienen su puesto. Pero carga simbólica muchísima. Pese a las alarmantes cifras de asesinadas por malos tratos, pese a las notables diferencias que se mantienen entre hombres y mujeres en el Estado español, el ministerio de igualdad, la que decían que era la gran apuesta política de Zapatero, fallece engullido por la presión mediática más conservadora.
Con Zapatero, como con Rosa Aguilar como con la gran mayoría de políticos actuales, las apuestas, las ideas sólo sirven de cara a la galería, porque a la hora de la verdad, lo que más les interesa es guardar su sillón, aunque sea sacrificando su coherencia personal.

lunes, 4 de octubre de 2010

El efecto Tomás

Tomás Gómez en el metro de Callao.
Foto: Público.
Es un ejercicio de imaginación porque no pertenezco ni he pertenecido a ningún partido político; pero si yo fuera socialista y, si en lugar de cruzar la Avenida Cayetano del Toro todas las mañanas, atravesara la Gran Vía, yo también habría votado a Tomás Gómez. Ya digo que parto de dos premisas absolutamente irreales. Una, la de cambiar el mar infinito que se divisa desde la calle Brasil por el océano de cemento que asfixia la plaza de Callao. La otra, la de haber sacrificado mi libertad de pensamiento, palabra y obra por pertenecer a una de esas organizaciones en las que se renuncia a la capacidad de disentir en aras del culto al líder que, ahora, ya no se llaman sectas sino partidos políticos. Pero, de haberse dado ambas condiciones, habría sido uno de esos que prefirió a Tomás Gómez en lugar de a Trini.

Lo que sí tengo seguro es que habría participado en las primarias. De hecho, me encantan las primarias. Me parece uno de los pocos ejercicios de democracia interna que siguen quedando dentro de los partidos políticos y por eso me decepcionó que el PSOE de Cádiz hurtara esa posibilidad a sus militantes en nuestra ciudad. No habría sido mi caso, pero la posibilidad de testar qué candidato cuenta con mejores apoyos y es capaz de transmitir un discurso más ilusionante es una de las grandes ventajas de este proceso. Tienes sus riesgos, por supuesto. Cabe la posibilidad de que se convierta en una guerra fratricida que beneficie al resto de partidos, pero los partidos de izquierda -si es que al PSOE le queda algo de izquierda-, deben continuar con estos mecanismos de profundización democrática.

Entre los riesgos que se corren con unas primarias está el de debilitar al aparato del partido cuando apuesta por un candidato y éste pierde. Es lo que le ha pasado a Zapatero con Trini, ha apostado por una candidata y ha perdido. Tendrá que pedir cuentas a quienes le indujeron a tomar esa decisión, Rubalcaba y Blanco entre ellos. Ahora hay muchos análisis que consideran que es el final de Zapatero. De esos análisis hay que descartar aquellos que se hacen de forma interesada desde el Partido Popular, un partido que practica el dedazo en sus designaciones para mantener el omnímodo poder de su cúpula dirigente. El PSOE, sin embargo, entrega ese omnímodo poder, en casos como el de Madrid, a sus militantes y puede pasar cualquier cosa.

Desconozco las razones que han llevado a cada uno de los 7.613 militantes del PSM a votar a Tomás Gómez. Conozco las que habrían sido las mías y ninguna es por la falta de carisma o competencia de la otra candidata. Ni siquiera por su acento. Yo lo habría votado para oponerme a una forma de hacer política basada en las encuestas, para quejarme de esos asesores que preparan, ejecutan y cocinan sondeos de opinión con los que demostrar lo que ellos quieren demostrar y a esos políticos que toman las decisiones pensando sólo en el día siguiente. La Política (con mayúsculas) es algo más. Es buscar el beneficio de la ciudadanía al largo plazo. Es marcar prioridades y actuar. Cuando no se tiene sobre la mesa un ideario, una hoja de ruta, unos objetivos, la Política se convierte en política. En el arte de ganar las próximas elecciones. En el ruin oficio de sobrevivir en el cargo público. Lo mismo de Ministra de Sanidad que de candidata a la presidencia de una Comunidad Autónoma.

Los proyectos, los auténticos, se diseñan a largo plazo. El cortoplacismo es uno de los males de nuestra sociedad, de nuestra clase política. Por eso, yo habría preferido a un tipo que llevaba tres años currándoselo frente a una paracaidista de los que detentan el poder. Porque estoy harto de encuestas y de gobernantes que sólo piensan en las próximas elecciones.